Crítica versus Literatura

  Stanislaw Lem escribió Solaris y eso ya es suficiente para que uno (un escritor) se vaya a la tumba tranquilamente y con la sensación del deber cumplido. Stanislaw Lem consiguió el más difícil todavía/el sueño de cualquier creador de la palabra, es decir, escribir una novela que suponga la obra cumbre de un género literario y (al mismo tiempo) su destrucción.

 Solaris es un planeta que está a millones de años luz del Sistema Solar, pero lo más importante no es eso, sino que (además de ser un planeta) es un organismo vivo e inteligente, formado completamente de agua. El hombre construye una estación espacial en Solaris y dedica todo su esfuerzo/todo su tiempo/todo su dinero en intentar comunicar con él. Pero Solaris es incomprensible/indescifrable. No se inmuta cuando le lanzan decenas de bombas nucleares y (sin embargo) levanta olas montañosas/olas rabiosas/olas asesinas por el mero hecho de que una pluma haya rozado su superficie. A veces Solaris te acaricia los dedos como un perro que lamiera la mano de su amo y esa misma noche la conciencia de Solaris entra en tu pensamiento y te arrastra (dolorosa/irremediablemente) a los páramos de la locura, de donde solo puedes salir a través de la puerta (siempre abierta) de la muerte. 

La solarística es la ciencia que estudia Solaris y Solaris, es decir, el planeta y la novela. Hay millones de millones de páginas escritas (archivadas en varias bibliotecas borgianas) que defienden una teoría y la contraria/que vuelven a dar sombra donde ya parecía que había algo de luz/que desprestigian a todos los investigadores anteriores/que mienten deliberadamente en busca de un mísero gramo de notoriedad. Dice el narrador: «Si el ser humano todavía no ha aprendido a comunicarse entre sí, ¿cómo va a comunicar con una criatura como Solaris?» 

Stanislaw Lem (en una de las piruetas más brillantes de la historia de la literatura) nos explica que no podemos contactar con Solaris porque (sencillamente) es de otro mundo y nuestras estructuras de comunicación (el lenguaje, la conexión de ideas, las representaciones mentales) pertenecen a este. Nuestros sentidos no están preparados/programados para captar la realidad de un planeta que no sea el nuestro/de una forma de vida que no sea la nuestra. Decimos que Solaris está formado de agua pero a lo mejor/lo más seguro es que no sea agua, sino otra cosa que no sabemos ni nombrar ni mirar y que solamente podemos mencionarla si la comparamos torpemente con alguna realidad de nuestro alrededor. Algo parecido a lo que hacía Cristóbal Colón en sus Diarios, donde (intentando describir el Nuevo Mundo) hablaba de perros con cuernos o ratas con plumas. Solaris se dirige al ser humano mediante unos códigos que nosotros no conocemos y (cuando le preguntamos) nos da la misma respuesta que nosotros damos a la cucaracha que recorre el borde de nuestro zapato. 

La pregunta que debemos hacernos (entonces) es la siguiente: ¿Habrán leído Solaris los críticos literarios? Y si lo han leído, ¿no se han dado por aludidos? ¿Se han dado cuenta de que esa novela es también un dedo que sale de las páginas y los señala directamente a ellos?

El escritor/cada escritor debería preguntarse a sí mismo si sería capaz de vivir si le prohibieran escribir y cuál es verdadero origen de su última creación. La actividad literaria es un impulso introspectivo que se mueve desde dentro hasta más adentro todavía. Mienten/no saben de qué hablan los que dicen que escribir implica sacar al exterior algo/no sé qué/lo que sea que los autores llevan dentro. Es al revés. Cada proceso creativo significa/implica una excavación sistemática (dolorosamente a ciegas) en la tierra de uno mismo en un intento desesperado por encontrar las sales minerales de las que se alimentan los árboles del bosque que somos, la mayoría devorados por los hongos o abatidos por los rayos de la última tormenta. 

La relación del escritor con la literatura es la misma que la del loco con su locura. Gritamos por la noche porque vemos que los monstruos se acercan a los pies de nuestra cama, pero (al mismo tiempo) comprendemos que son nuestros monstruos y que si en una mano llevan un látigo, en la otra portan una luz. El loco/el escritor es la voz que oyes cuando juegas a la ouija, la que te dice que hay algo que no conoces en el reverso de lo que ves, la que mueve los objetos que (según las leyes de tu mundo y para el descanso de tu conciencia) deberían quedarse quietos. 

La literatura es el idioma universal del género humano y se entiende como se entiende un llanto/como se entiende una risa/como se entiende un beso/como se entiende la muerte. No existe ningún nivel de lenguaje que sea capaz de penetrar en la creación artística y describirla desde dentro/desde donde nace. La crítica literaria es el esfuerzo más banal de todos los que es capaz (llevado por su egocentrismo) de emprender el hombre. 

Se habla del endiosamiento del artista, pero no existe mayor egocéntrico/mayor exhibicionista/mayor masturbador que el crítico literario, que cree que puede atrapar lo que nace de la bruma/que puede juzgar lo que está exento de leyes/que puede valorar al hombre que (en el momento de escribir la primera letra) ya subió al pico más alto de la cordillera del valor. 

Las reseñas literarias manejan el tractor lingüístico del me gusta/no me gusta, del recomiendo/no recomiendo, del lo leí de una sentada/lo tuve que dejar a la mitad, del me identifiqué con el protagonista/no me identifiqué con el protagonista, del puto amo/el maestro del género, del conocí al autor tomándome unas cervezas/por qué no conocía todavía al autor, mientras la novela, sentada en el banquillo de los acusados, se pregunta si lo que cubre el cuerpo de su juez es una toga o simplemente una manta de pelo sintético. 

Si la novela se asomara a su propia reseña vería con estupor que le han otorgado un valor numérico que puede ser 9/10, 7/10, 6/10, sin saber nunca qué es cero y qué es diez ni si es mejor que sea cero o que sea diez porque a lo mejor un cero es Joyce y un diez es Coelho, o un cero es un premio Planeta como Camilo José Cela o Dolores Redondo y un diez es un premio Planeta como Dolores Redondo o Camilo José Cela, o un cero es que te mereces que te tiren a la basura por cerdo y depravado (como me pasó con Te quiero porque me das de comer) y un diez es que te den un premio en la Semana Negra de Gijón por la calidad de tu prosa (como me pasó con Te quiero porque me das de comer) y si eso es así, yo me pregunto: ¿qué cojones es un cinco? 

Los críticos literarios tienen que haber leído la novela Solaris y tienen que odiar el planeta Solaris porque les está demostrando que no se puede hablar de una creación que no has visto nacer ni sabes por qué ha nacido/que no hay escaleras que lleguen al cielo/que una cosa puede ser la cosa misma y su contraria y al mismo tiempo algo que no es ni una cosa ni otra. El hombre empieza a ser escritor cuando rompe la silla contra la pared/cuando le sobreviene el llanto delante de un párrafo/cuando se viste de luto por la muerte de uno de sus personajes. Por eso el crítico literario no tiene que haber leído, sino que tiene que saberse de memoria Cartas a un joven poeta, de Rainier Maria Rilke para entender de una vez por todas que una novela es buena si nace de la necesidad y que su valoración se encuentra en la forma en la que se originó. 

El verdadero escritor hace caso omiso de toda esta sinfonía de instrumentos desafinados porque sabe que la manera más fácil de entorpecer su propia evolución es mirar al exterior y esperar de los demás las respuestas a unas preguntas que tan solo puede responder nuestro sufrimiento más profundo en el momento de máxima soledad. El verdadero escritor lee de reojo lo que han escrito acerca de su novela porque sabe que los términos de la crítica son los menos indicados para inmiscuirse en el trabajo artístico porque (a diferencia de lo que nos quieren hacer creer) no todas las cosas pueden decirse y de hecho la literatura es eso, la nave que desciende a las simas del hombre, donde jamás ha llegado palabra alguna. 

La literatura pregunta y pregunta hasta que quedan extenuadas todas las palabras y entonces comienza a preguntar con mayor intensidad. Suena en el reloj la hora de la angustia y entonces todos los escritores del mundo se sientan a escribir y saben que lo que tienen que hacer, tienen que hacerlo solos. La literatura es la expresión máxima de la libertad/de la responsabilidad del hombre, de manera que el afán de la crítica es inane de la misma manera que es inane el esfuerzo de una jaula por salir volando detrás de un pájaro. No hay diferencia entre el escritor y lo que escribe. Cuando un libro toca a un hombre, todo el hombre se convierte en libro y quizás (mediante el ensalmo de la lectura) el libro también acabe encarnándose en hombre. La crítica literaria debería enfundar la pluma o al menos cambiar el color de su cartucho, ya que no hay lógica que resista/que no se derrumbe ante el maravilloso delirio de un hombre que sabe escribir.

Sobre Dario Fo y Bob Dylan

El mundo se convulsionaba tras el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan y yo (fue lo primero que se me vino a la cabeza) me acordé del Quijote y (más concretamente) de la aventura de los batanes. A Don Quijote y a Sancho Panza se les echa la noche en medio del bosque y comienzan a escuchar unos golpes atronadores, unos golpes que levantan el suelo y alborotan las copas de los árboles. Don Quijote le explica a Sancho Panza que ese sonido colosal que están oyendo es la evidencia de que anda muy cerca el gigante más horrible de todos cuantos deambulan sobre la costra de la tierra, con el que tendrá que entrar en desigual batalla y al que tendrá que arrancar la vida (como corresponde a un caballero andante) en cuanto empiece a amanecer. Sancho Panza echa mano de todas las tretas y de todas las excusas que es capaz de inventar para no seguir adelante, pero (ante la terquedad/la determinación de su amo) acaba resignándose a su suerte/a lo que le depare el destino. Don Quijote y Sancho Panza (bajo la única luz de las estrellas) se meten dentro de un arbusto y escuchan (uno al lado del otro/uno abrazado al otro) los estremecedores rugidos del gigante. Sancho Panza no puede contener el miedo que se le agarra a las tripas y se caga en los pantalones. La peste se reconcentra dentro del arbusto y Don Quijote y Sancho Panza tienen que esperar la llegada del amanecer con un pañuelo en la boca/con una pinza en la nariz.

Pero sale el sol y Don Quijote y Sancho Panza asoman la cabeza por encima del arbusto y descubren que los gritos horripilantes no proceden de ningún gigante, sino de la rueda hidráulica de un batán, que golpea los tejidos contra la corriente del río. Sancho Panza rompe a reír y (después de unos momentos de indecisión) contagia su risa a Don Quijote y es precisamente en esa risa en lo que nos tenemos que fijar porque no es la risa que nos desahoga del miedo que hemos pasado ni tampoco es la risa banal que llena de ruido los espacios vacíos del aburrimiento, sino que es la risa carnavalesca/la risa histérica del loco/la risa alucinada del deficiente mental/la risa irritante del bufón/ la risa descacharrante de los de abajo que se ríen en la misma cara de los que nos dicen qué tenemos que pensar y cuándo debemos pensarlo. Las tinieblas de la noche, la profundidad del bosque, el extraño silencio, el susurro de los árboles, las sombras que deforman los objetos les estaban diciendo a Don Quijote y a Sancho Panza que tienen que tener miedo y que si oyen golpes cerca de ellos, a la fuerza tienen que ser los golpes de una criatura que los quiere (como mínimo) matar. Pero después abren los ojos a la luz y la risa de la verdad desenmascara la farsa y a  la mentira se le cae la capucha y deja al descubierto su rostro enflaquecido y amarillento.

Esa es la risa del teatro de Dario Fo. Fue a buscarla muy lejos, a las primeras manifestaciones de la cultura popular de la Edad Media, cuando/donde aún manaba, con una extraordinaria pureza, el agua refrescante de la fuente de la literatura. Dario Fo era el juglar que reúne a la gente en la plaza y les canta (repito, les canta) los dos mil versos que ha memorizado (no para otra cosa servía la rima) para alegrarles la tarde y (sobre todo) para advertirles del peligro de doblar la cerviz y decir amén. Dario Fo era el bufón que le saca la lengua al rey/era el goliardo que eructa en la cara del Papa/era el loco que se descojona de la capa nueva del emperador. Dario Fo sabía que el sacerdocio del escritor no es su obra, sino su vida. Serás un artista o no serás un artista según lo poco que te calles (callarse no es una opción), no según lo que hayas publicado/no según los premios que te hayan dado/no según las entrevistas que te hayan hecho. La tormenta de la cultura popular (uno de cuyos últimos relámpagos era Dario Fo) arremete contra los tejados del poder y algunas veces (incluso) consigue arrancarlos y mostrarnos toda la podredumbre que esconden. 

Cuando los historiadores de la literatura escarban en la arena del tiempo en busca de la primera manifestación documentada de la poesía, indefectiblemente llegan a la canción popular. El origen de la poesía es (con toda seguridad) un hombre/una mujer que no sabe leer ni escribir y que canta su literatura (acompañado de un instrumento) a un auditorio que tampoco sabe ni leer ni escribir, pero que sabe emocionarse con la lírica de la palabra/que sabe emocionarse con la angustia de la literatura. El origen de la literatura (en todos los idiomas y en todas las culturas) es oral y musical. Los que dicen que un cantautor no es un escritor están repitiendo el mantra monocorde de los inflexibles de mente, aquellos que (acurrucados en un arbusto y con los pantalones manchados de mierda) se creyeron las mentiras/las simplificaciones de la cultura oficial/de la intelectualidad/de los que opositan al poder.  

Dario Fo falleció el mismo día que a Bob Dylan le concedían el premio Nobel de Literatura. Dos escritores que concibieron su obra desde la oralidad mucho más que desde el texto escrito y que (por esta carambola del destino) han quedado emparentados para siempre. Ojalá los escritores (los que nos sentamos a escribir al lado de la calefacción) no olvidemos la cuna itinerante y a la intemperie de donde viene nuestro oficio y nunca/nunca jamás abramos los ojos en la oscuridad del bosque (donde no queda más remedio que tener miedo) para cerrarlos cobardemente cuando resurge la molesta luz de la verdad. Y tampoco olvidemos que (más que en la metáfora sesuda) el escritor se reafirma a sí mismo en la carcajada liberadora y en la coz en las pelotas de los que (aunque sea por un instante) nos quisieron controlar.

 

Las últimas elecciones

De pronto una novela nos incendia por dentro y salimos de su lectura absolutamente desorientados, empapados en sudor y transformados en alguien que no éramos (que aún no éramos) cuando abríamos el libro por primera vez. Hablo de esas novelas que  un día nos encontramos en las manos y  no sabemos muy bien cómo han ido a parar ahí. Pensamos (somos tan ingenuos) que las hemos elegido nosotros entre decenas (cientos) de títulos y (cientos) de autores. No sabemos (todavía) que fueron ellas las que (nos escogieron) saltaron a nuestras manos. ¿Para qué? Necesitaban un organismo vivo (ese fango caliente y húmedo) en el que (poner sus huevos) plantar su semilla. Y pasa el tiempo y no sabemos por qué esa novela no se nos va de la cabeza. Y a veces nos desasosiega la idea de que el autor nos haya querido decir algo y nosotros no hayamos terminado de entenderlo.  No sé cuántas veces habré leído Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago. Fue hace unos días (sin embargo) cuando terminé completamente de entenderla. Amanece y (como si el sol les calcinara las pupilas) todos los hombres se van quedando ciegos. Llega la noche eterna al alma (si existe y si tenemos) del ser humano. Solamente una mujer conserva la vista y ese don (ese estigma) es el peor castigo: tiene que asistir (inútil y estupefacta) al gran espectáculo de la degradación y de la indignidad. La idea está clara (y es tan sencilla que a veces cuesta trabajo llegar a ella): todos estamos ciegos. La confirmación/ratificación de esta teoría la vimos la otra noche, mientras se iban conociendo/confirmando los resultados de las votaciones, ese ejercicio máximo de enceguecimiento colectivo, esa llamada de trompeta a la noche perpetua, la afiliación definitiva al espíritu de la avestruz, esconder el cerebro y poner el culo.  

La diferencia entre el hombre cobarde y el hombre valiente (como bien intuía Saramago) es una cuestión de párpados: el hombre valiente se atreve a abrir los ojos (y a ver) y el hombre cobarde prefiere (no ver) mantenerlos cerrados. El hombre valiente no es el que no tiene miedo. Ése (el que no tiene miedo) es el temerario o el gilipollas. El hombre valiente es el que aprende a convivir con el miedo y, sobre todo, el que no permite que el miedo le detenga los pies, le cierre los párpados, le susurre la papeleta que debe coger. Y el hombre cobarde (por encima de cualquier otro intento de definición) es el que observa tranquilamente cómo va perdiendo su identidad y se siente a gusto en ese líquido amniótico de vaciedad, de nadería, de fundido en blanco. Porque el problema (el verdadero problema) es perder la identidad porque la pérdida de la identidad (por algún sitio lo dije) es la madre de todas las desgracias.

Pero no conviene confundirse: nuestra identidad no es este cuerpo/esta materia con el que tenemos que cargar todos los días, ni los deseos (más o menos confesables) que dan forma a nuestra esperanza, ni las posturas con las que esperamos la llegada de la muerte. No niego que una parte de nuestra identidad esté debajo de nuestra piel, pero el resto (la mayor parte) está debajo de la piel (en la raíz de la existencia) de todos los demás. 

Nuestra identidad es la identidad del refugiado que se ahoga en el mar, que muere acribillado en las fronteras o que se deja violar por los traficantes de personas; la identidad del desahuciado, del que escarba en las basuras,  del que vive debajo de los cartones y del que (harto de todo lo anterior) salta por la ventana; la identidad del homosexual que tiene que negarse a sí mismo y de la mujer acosada y de la que tiene prohibido abortar; la del que quiere (y no puede) estudiar Humanidades; la del aporreado (sin grabación que lo atestigüe) por las fuerzas antidisturbios y de la que ve (con el único ojo que le dejaron) cómo el juez pone en libertad a sus mutiladores; la identidad del parado, del emigrante, del ateo, del niño con hambre;  la identidad de los que se tuvieron que ir de España y la identidad de los que (una vez en el extranjero) saben que no volverán. Todas esas personas (esas identidades) somos nosotros/forman nuestra identidad. Pero los hay que prefieren (el miedo se lo hace preferir) cerrar los ojos y dejar abierta una rendija minúscula por donde apenas llegan a ver el pan que comen, la cama en la que duermen, el techo que los cobija y la multinacional que los emplea/que les da el pan, la cama y el techo. No es una buena idea (de hecho, es una muy mala idea) echar el cerrojo a nuestra puerta cuando vemos que los ladrones están robando en la casa del vecino. El disimulo y el desentendimiento no garantizan nuestra seguridad (mucho menos nuestra dignidad). La novela de José Saramago nos lo estaba anticipando con una clarividencia que (hoy, después de las votaciones) me resulta aterradora: todos los muros que levantes a los demás, te los estás levantando a ti. Y sobre todo: nunca mires al derrotado, al apaleado, al marginado, al perseguido, sin saber/sin tener la absoluta seguridad de que (en realidad) estás mirando al fondo de un espejo. Y si no es así, no hay duda: estás ciego, más (mucho más) que si te hubieran sacado los ojos.

El miedo (ese rayo paralizador) es el arma con la que nos masacran. Contra el miedo no existen escudos y a la gente (además) no le puedes exigir que sea valiente, que levante la voz, que ponga la cara para que se la partan. El miedo nos desgarra la carne. Su dolor es más intenso cuanto más nos empeñamos en (avanzar) caminar hacia delante. Pero merece la pena, porque la recompensa es la libertad.

Y lo contrario de la libertad es el resultado de las últimas elecciones: arrodillarse y limpiar las botas del amo con la esperanza de que (a cambio de mi sumisión/mi servilismo) la patada en la boca no me la dé a mí, sino a otro cualquiera (a los mismos cualquieras de siempre) que pase por mi lado.

 

 

 

 

Sobre las escritoras no nominadas

Tengo una especial debilidad por El lazarillo de Tormes. Sobre todo por ese episodio donde el autor (sea quien sea) nos cuenta el momento en que el ciego le dice a Lázaro que acerque la cabeza al toro de piedra que hay a la salida de Salamanca porque (si lo hace) podrá oír un gran ruido dentro de él. Lázaro obedece a la primera de cambio y entonces el ciego le da un terrible manotazo en la cabeza y está a punto de partírsela contra la piedra. Le dice: «Imbécil. El criado de un ciego tiene que saber un punto más que el diablo». Lo importante de este fragmento es que Lázaro abre los ojos y (de una vez y para siempre) abandona la inocencia en la que (como niño) había estado viviendo. Me imagino a Lázaro (pasados los años) llevándose la mano a la cabeza y tocándose el chichón que nunca se le quitó, el chichón que era el diploma académico de los pobres y los analfabetos, más, el cum laude que le doctoraba en esta jodida disciplina que es vivir. Sonreiría y se preguntaría a sí mismo: ¿Qué esperabas, Lázaro? ¿De verdad esperabas oír un ruido dentro del toro?

He leído que ninguna escritora ha sido nominada a los premios de la Semana Negra de Gijón y la verdad es que me he quedado frío. He leído la indignación de muchas autoras y no me he conmovido en absoluto. Sola(inconsciente)mente he recordado el pasaje del Lazarillo de Tormes y he pronunciado la siguiente frase: ¿Qué esperábamos?

Las semanas negras firman un manifiesto en contra de la violencia de género que es machista (un manifiesto que se lee y se aplaude en cada inauguración) y ahora la Semana Negra de Gijón no nomina a ninguna escritora para ninguno de sus premios. ¿De verdad nos sorprendemos?

Nos han dado bien fuerte contra la piedra del toro de Salamanca y espero que (cuando se nos pase el dolor de cabeza) abramos los ojos y despertemos (como Lázaro) de una vez y para siempre.

El agravio no está en que no haya escritoras nominadas. El agravio está en que nadie ha movido un dedo para detener ese manifiesto en contra de la violencia de género que es (en sí) violencia de género. El agravio está en que no se ha asumido que en el jurado que decide los nominados y los ganadores de los premios literarios debe haber el mismo número de hombres que de mujeres. El agravio es que se hacen concursos literarios y mesas redondas solamente para autoras. El agravio es que aún se piensa que existe una literatura femenina al lado de la gran literatura. El agravio será cuando se zanje el asunto imponiendo tácitamente un cupo de mujeres nominadas en cada uno de los premios. Y el agravio más flagrante (que tiene hasta gracia) lo dejo para el final.

Pero quejarse por las no nominaciones es como si mi padre (que tenía cáncer de pulmón) se hubiera quejado de que la quimioterapia le resecaba la piel. Las no nominaciones es la ínfima punta de un iceberg que ocupa toda la inmensa profundidad social. La gente tiene el machismo/el patriarcado delante de los ojos y no lo sabe reconocer. Es una cuestión de (re)educación. Se trata de arrancar el suelo podrido y poner baldosas nuevas. ¿Las no nominaciones? Qué más da. No podemos echar a correr si todavía no sabemos andar.

Pero a esto (por si fuera poco) se le une otro problema. Es algo de lo que ya he hablado y me prometo a mí mismo que será la última vez que vuelva sobre este tema (las cosas, [aunque se piensen constantemente] basta decirlas una sola vez).

León Felipe escribió un prodigioso poema en prosa que se titula ¿Por qué habla tan alto el español? Nos explica que los españoles, por tres veces en la historia, tuvimos que gritar hasta desgañitarnos. Gritamos ¡Tierra! cuando descubrimos América. Gritamos ¡Justicia! por boca de Don Quijote. Gritamos ¡Que viene el lobo! en 1936. León Felipe concluye que (en esos casos) el español no gritó alto, sino que habló desde la altura exacta del ser humano, y quien piense que gritó, es que escucha desde el fondo de un pozo. El escritor que (como León Felipe) habla alto, el escritor que chilla, el escritor que mete las patas en el fango y se deja la voz denunciando la injusticia, no escribe alto, escribe desde la altura exacta de su profesión.

Pero eso era antes de que al escritor le retiraran del plato la jugosa carne de sus víctimas y comenzaran a alimentarle con pienso para gatos. Al escritor le han puesto un trozo de esparadrapo en la boca y un trofeo literario en la mano y de esa manera tan sencilla lo han desactivado. Nadie (o muy pocos) va a levantar la voz para denunciar manifiestos degradantes o despropósitos machistas en ningún evento literario. Hay miedo de que no les vuelvan a invitar, de que se queden sin su ración de carpa, de que ya no les nominen, de que ya no les den el premio.

El premio. Tenía veinticuatro años cuando me dieron mi primer premio literario. Gané medio millón de pesetas. Eran otros tiempos. Luego cambiaron el dinero de los premios por estatuillas y después cambiaron las estatuillas por palmadas en la espalda. Llegó (entonces) la época rocambolesca en que se confundió el concurso con el premio, de manera que el premio por haber ganado un concurso literario era precisamente haber ganado el concurso literario. «Las ventas se disparan», dice siempre algún iluminado. Y puede que sí. Puede que las ventas (después de haber ganado un premio) se metan la pistola en la boca y aprieten el gatillo. «Te da prestigio», dicen otros. Y resulta penoso tener que explicar (a estas alturas) que es exactamente al revés: los premios literarios no dan prestigio al escritor, sino que el escritor debe recibir el premio gracias a su prestigio literario. La idea es ganar el premio por haber llegado el primero a la meta, no por haber ido el primero en una curva.

Me vienen a la cabeza dos autores: Valle-Inclán y Alfonso Sastre. Si renovaron la escena teatral española y abrieron impensables caminos estéticos fue precisamente porque pensaban que su teatro no iba a ser representado jamás, uno por audaz, otro por crítico con el Régimen. Es decir, escribían en absoluta libertad. La verdad es que no se me ocurre mayor esclavitud ni tortura más cruel que depender de un premio literario, de una reseña, de una entrevista, de una opinión, para reafirmarte en tu voz narrativa.  Os voy a poner un ejemplo: En la página web de la semana negra de Gijón aparece el siguiente párrafo: 

“La aparición de últimas novelas y libros de autoras consagradas internacio­nalmente como Alicia Giménez Bartlett, junto a nuevos pero seguros valores como Carmen Conde, Carmen Moreno, Graziella Moreno Graupera o Susana Hernández es un buen motivo para preguntarnos si la narrativa del mejor género negro pasa por las escritoras.”

Pero luego no nominan a ninguna.

No me digáis que no tiene gracia.

¿De verdad vamos a darles importancia a los premios, a los festivales y a los críticos? 

Escribamos en libertad.

Errores del manifiesto de las semanas negras contra la violencia de género

Siempre me han gustado los manifiestos vanguardistas. Siempre he sentido debilidad por esa sucesión de párrafos numerados en los que un escritor (como portavoz de un movimiento) daba un paso al frente, declaraba que la vieja literatura había muerto y se proclamaba fundador/inaugurador de los nuevos tiempos que estaban por venir, unos nuevos tiempos que (por supuesto) estarían marcados por la fuerza, por la originalidad y por la irreverencia.

Los gritos desde la vanguardia no eran más que eso: gritos. Y duraban tanto como dura la vida de los soldados que encabezan la primera línea de batalla. Morían pronto, pero no morían en vano. Nos mostraban el camino por el que deberíamos avanzar.

- ¿Qué camino?

- El del compromiso.

- ¿Y el del valor?

- También.

Hoy (en esto de la literatura) qué poca gente da un paso adelante. Los artistas prefieren jugar a hacerse el muerto sobre las aguas de un mar en calma o esperar desde la orilla a que se vayan las medusas, tan venenosas, tan transparentes. Nadie se abre paso a codazos hasta la línea de fuego. Hay demasiado miedo a que una bala perdida (o teledirigida) nos parta el corazón. Hoy (por eso) los manifiestos se escriben desde la retaguardia.

- ¿Como el manifiesto de las semanas negras?

- Sí.

El manifiesto de las semanas negras contra la violencia de género está lleno de grietas y por esas grietas se cuela un tufo a improvisación y a política que nos obliga a terminar de leerlo con un pañuelo en la boca. Un manifiesto contra la violencia machista no puede tener grietas. Un manifiesto contra la violencia machista tiene que ser un muro que vaya desde la tierra hasta el cielo, absolutamente indestructible, cuya contundencia haga darse la vuelta a sus enemigos, que enterrarán (para siempre) su cerrazón, su ignorancia y su miedo, las armas con las que nos atacan. Un manifiesto contra la violencia machista no deberían firmarlo semanas negras, sino nombres y apellidos concretos, y entre los nombres que lo escribieran no debería haber solamente pollas, sino también algún cerebro y algún corazón, especialmente el cerebro y el corazón de alguna mujer, de esa manera no les habría salido tan vacío, tan aséptico y tan impersonal.

- Y tan rebatible.

- También.

El manifiesto de las semanas negras contra la violencia de género incurre (entre otros muchos) en dos errores de bulto: la imagen de que el hombre debe proteger a la mujer y el paternalismo, es decir, dos de los múltiples platos en los que hoza el cebado cerdo del machismo.

- ¿Hay más errores?

- Sí.

La novela negra no se centra necesariamente en la víctima, pero eso (al fin y al cabo) no es importante, es (simplemente) una manera de entender un género literario. Lo verdaderamente importante es que (a partir de esa comparación) el manifiesto de las semanas negras contra la violencia de género se ocupa de la víctima, en detrimento del agresor. Señores: la mujer no muere por violencia machista, la mujer no muere a manos de su pareja. A la mujer la matan. Es un asesinato y hay un asesino. ¿De verdad somos expertos en novela negra? Pues a ver si reconocemos un crimen cuando lo tenemos delante de las narices. ¿De verdad somos escritores o lectores? Pues a ver si llamamos a las cosas por su nombre.

- ¿Algo más?

-  Sí.

El manifiesto de las semanas negras contra la violencia de género debe explicar (debe dejar bien, pero bien claro) que el asesinato de las mujeres es el final del camino y (sobre todo) que el camino ha sido largo y ha estado empedrado de otros muchos tipos de violencia machista. Un manifiesto en contra de la violencia de género debe hablar de la violencia psicológica, de la violencia sexual, de la violencia económica, de la violencia patriarcal, de la violencia simbólica, de la violencia doméstica, de la violencia institucional, de la violencia laboral, de la violencia obstétrica y de la violencia mediática.

- ¿Y la violencia física?

- La violencia física es lo último.

- ¿Donde confluyen todas las anteriores?

- Exacto.

Debería haber hablado del proceso de anulación de la mujer, de ese tren de largo recorrido que la llevará por las destartaladas estaciones (los túneles) de la soledad, del aislamiento, del silencio, de la incomprensión, de la desinformación. El manifiesto tenía que haber dicho que (en muchas ocasiones) la mujer ni siquiera sabe que está siendo maltratada, de manera que acaba siendo asesinada sin haberle ni siquiera dado tiempo a pedir ayuda para salvarse. Señores de la novela negra, ¿tan poco nos interesa el perfil psicológico de la víctima?

- ¿Has terminado?

- No.

Un manifiesto en contra de la violencia de género no debe pedir más vigilancia policial ni más protección para la mujer. Un manifiesto en contra de la violencia machista debe ir al origen del problema, a la Historia, a las raíces del mal, del maltrato a la mujer, de la misoginia. Un manifiesto no debe tener un tono de duelo, sino de declaración de guerra. Y hablar de la educación. De la marginación de las carreras de humanidades. De la supresión de la asignatura Educación Para la Ciudadanía, donde se enseñaba al adolescente a no ser violento, donde se animaba a la mujer a empoderarse. Eso es lo que se espera de un manifiesto.

- Ponerse en primera línea de fuego.

- Eso es.

Leemos el último párrafo y (si el tema no fuera tan serio) nos echaríamos a reír. El manifiesto en contra de la violencia de género se justifica delante del género masculino y les pide perdón porque (precisamente) son hombres los que lo firman. Sublime.

- ¿Por qué escribes todo esto?

- Porque alguien tenía que hacerlo.

El manifiesto de las semanas negras en contra de la violencia de género está escrito (supongo) con las mejores intenciones, pero aquí las mejores intenciones no bastan. Si para escribir una novela estamos obligados a investigar y tardamos años en terminarla, ¿cuánta más información deberíamos recabar y cuánto tiempo deberíamos dedicar para dar forma a un manifiesto de semejante seriedad, de semejante envergadura social? Y cuando se firma un papel (esto es algo más que un papel) hay que leerlo, y después de haberlo leído, leerlo otra vez. De lo contrario podríamos estar firmando algo que (en realidad) no compartimos.

Quiero ser el primero en firmar un manifiesto de las semanas negras en contra de la violencia machista, pero uno que no empiece con una abstrusa cita que (además) ha sido escrita por un hombre. No cuesta tanto encontrar alguna frase feminista escrita por alguna mujer. Dejo algunos nombres: Sor Juana Inés de la Cruz, Emilia Pardo Bazán, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Gloria Fuertes, Rosa Montero, Wislava Symborzka, Herta Müller, Magdalena Tulli, Tony Morrison, Gabriela Mistral, Rosa Chacel, María Zambrano, Virginia Woolf, Alfonsina Storni, Carmen Laforet, Almudena Grandes…


 

La neutralización del escritor

Puede que me equivoque porque hablo/escribo de memoria, pero me parece recordar que Camilo José Cela, en su libro El huevo del juicio, publica un artículo que lleva por título “El adocenamiento del escritor” y que habla de una reunión anual que junta a todos los premios Nobel de Literatura que quedan vivos. A Camilo José Cela le parecía que esto de quedar los escritores para hacer turismo y tomar café contribuía a amansar al artista y a socializarlo en exceso. Es un artículo que no ha soportado el paso del tiempo y que hoy en día resulta ingenuo. Pero claro, ¿qué sabía Camilo José Cela de los tiempos que estaban por venir?

Este fango histórico por el que caminamos con una pinza en la nariz es (en realidad) un océano de arenas movedizas que paso a paso, sin que nos demos demasiada cuenta, nos va tragando. No quiere dejar de nosotros absolutamente nada. Ni siquiera la huella de nuestro paso por el mundo. Mucho menos el eco (por mínimo que sea) de nuestra indignación y nuestro desacuerdo.

El comienzo del siglo XXI quedará reflejado en los libros de Historia como el período de la corrupción y del aplastamiento social. Los historiadores (bien documentados) hablarán de ciudadanos hambrientos que buscaban comida en los cubos de basura, de hombres sin trabajo que saltaban por la ventana, de millones de jóvenes que huían del país, de la desaparición lenta pero implacable de la Facultad de Filosofía y Letras.

Ahora me pregunto de qué hablarán los manuales de Literatura española.

La maquinaria del poder (si se la engrasa bien) puede funcionar en absoluto silencio y con un más que asombroso nivel de sutilidad. Uno de sus mayores logros (si no el mayor de todos) ha sido la neutralización del escritor sin que el propio escritor se dé cuenta de que está siendo/ha sido neutralizado.

Este artista, el cronista social y existencial del trozo de tiempo que le dieron para vivir, el cuchillo eternamente clavado en las costillas del gobierno, este artista (digo), va corriendo cuesta abajo hacia el barranco de su propia extinción.

Ha olvidado su sagrada labor de levantar la alfombra que tapa la mierda y de gritar en el desierto hasta romperse la garganta y se ha dejado convencer de que en este baile hay que bailar con la más guapa, aunque la más guapa sea también la más banal. Estoy hablando (obviamente) del éxito. Resulta vomitivamente paradójico que el escritor (cuya materia prima es la palabra) asista impasible a semejante prostitución de los significados. El éxito del escritor no es la reseña en Babelia, ni su nombre en una lista, ni el micrófono en un congreso, ni por supuesto un premio literario (proliferados hasta la hipertrofia, multiplicados en metástasis), el éxito del escritor es la difusión de la verdad y la denuncia de la mentira y de la injusticia cueste lo que cueste, aunque le cueste la vida.

Hace falta ser muy cruel (y muy astuto) para aprovecharse de las dos grandes miserias del escritor (su ego y su inseguridad) para ir bajándole del pedestal de los furibundos e ir subiéndole a la pasarela de los anoréxicos. La historia de la Literatura (dentro de unas décadas) hablará de nuestro tiempo como esa época extraña en que la policía torturaba en las cárceles a los manifestantes mientras los escritores posaban con sus trofeos como las misses posan con sus ramos de flores. 

Se leerá lo siguiente:

<<Miles de familias dormían debajo de los cartones, en el paso subterráneo de cualquier carretera, y los escritores (mientras tanto) se ponían la camisetita de la librería donde presentaban la novela y se cuidaban mucho de no salirse de la neutralidad y de los lugares comunes, no fuera a ser que hubiera gente que se enfadara con ellos y (entonces) vendieran menos libros. Y dejaban que los fotógrafos los pasearan por los lugares más estúpidos para hacerles la foto más cretina. Y sonreían. Y la foto de su sonrisa inundaba la red social.>>

Me quedo con Salinger intentando agredir al periodista que le hizo una foto, con los exabruptos de Cela, con la rabia de Fernando Fernán Gómez, con el Valle-Inclán manco y arrumbado en una cama cochambrosa, con las verdades explosivas de Unamuno, con la alargada tristeza de Delibes, con los que se ahorcaron o se volaron la tapa de los sesos.

A todos ellos, a los maestros, no me los imagino ni midiendo sus palabras ni callando su opinión, mucho menos pasando de puntillas y a toda velocidad por las ascuas de la Historia. 

'Los refugiados', de Cormac McCarthy

Muchos lectores no han conseguido terminar La carretera, de Cormac McCarthy. Es una novela tan humana que da miedo (tan humana que resulta monstruosa). Es el sudor frío de mirarnos al espejo y que el espejo nos escupa la verdad a la cara. El pavor de tocarnos donde nos duele y encontrarnos un bulto que nunca había estado ahí.

Un padre y su hijo caminan sobre un mundo de ceniza humeante. Huyen de un incierto holocausto y no tienen adónde ir. Deambulan por el vértigo de una tierra deshabitada y la principal amenaza (¿paradójicamente?) es encontrarse con alguien.

Cormac McCarthy escribió La carretera y por esa misma carretera caminan los refugiados. Todos empujan su carrito de la compra, cuyas ruedas apenas ruedan sobre un lecho de ceniza. Caminan hacia las fronteras, hacia esa línea que pensaban que era una puerta y resulta que es una zanja. Caminan juntos, los unos pegados a los otros, porque la existencia de uno justifica la de los demás, lo cual no implica que no lleven, para acabar con todo, una pistola y una (solo una) bala.

Los refugiados siguen la huella/el rastro de la civilización. Qué grave error. Los reciben con zancadillas y con uniformes militares. Le piden al invierno que dé cuenta de ellos. Que la nieve los cubra. Porque lo que no se ve a lo mejor no existe.

Efectivamente, ya se ha cubierto el cielo en Centro Europa. Los rayos del sol ya no alcanzan a calentar la tierra. El frío (como dice McCarthy en su novela) amenaza con romper las piedras. Los refugiados acampan y encienden hogueras. Pero no duermen. En la alta madrugada acudimos nosotros, cuyos ojos de plata destellan en lo oscuro. Nosotros también queremos encender hogueras, pero no con leña, sino con carne humana. Queremos que los refugiados, mediante el ensalmo del fuego, se transformen en ceniza y que a esa ceniza se la lleve el viento. Y que nunca haya pasado nada. Queda prohibido recordar que un día acudieron unos hombres a pedirnos ayuda, dirán los gobiernos.

Cormac McCarthy escribió La carretera y quizás esa carretera sea la difusa frontera que separa la vida de la muerte. Cormac McCarthy escribió La carretera y rodeó esa carretera de caníbales. Cormac McCarthy escribió La carretera pero no parece que la haya escrito él, sino los refugiados, los expertos en huidas, en caminos, en fronteras y en hombres que se comen a los hombres.

Los refugiados no son refugiados, sino caminantes. Y cuando dejen de caminar, serán fantasmas, espíritus salvajes que habitarán los bosques invernales y cuyos gritos de desesperación (en las interminables noches de bajo cero) escucharán los niños (aterrados) antes de dormirse.

Y en esas mismas noches (arrimados a la chimenea) los adultos hablarán de ellos como terroristas. Pronunciarán esa palabra una y otra vez, hasta que (a fuerza de escucharla) la mentira adopte cierta apariencia de verdad. Y por fin haya algo que justifique el miedo (el peor de los consejeros) y las vallas que hemos levantado, las vallas que rodean el país, las que suben y suben hasta las estrellas.

Será (entonces) el momento de cerrar La carretera, la novela de Cormac McCarthy, y abrir ese otro libro de J. M. Coetzee, el que narra nuestro futuro y el de los refugiados. Se titula Esperando a los bárbaros.

 

 

 

 

 

 

 

Ah de la poesía. ¿Nadie me responde?

Tácito, el historiador romano, sentía predilección por Petronio. Más allá de su talento como escritor satírico, admiraba de él su sentido de la elegancia y su gusto por lo sublime. Cuentan las crónicas romanas que se cortó las muñecas con una daga de plata y ordenó que se las vendaran de tal manera que pudiera detener la hemorragia o dejar que las heridas siguieran sangrando, a voluntad. Y mientras lánguidamente la vida se le escapaba, Petronio se dedicaba a comer carne de faisán, a beber vino de Bretaña, a ver cómo azotaban a sus esclavos y a hacer que tocaran el arpa y que le leyeran poemas. Dedicó su último esfuerzo, horas antes de expirar, a escribir su obra maestra: Las cartas a Nerón. Decía: No cantes. Envenena, pero no bailes; incendia, pero no temples la cítara; asesina, pero no hagas versos. Los ladridos de Cerbero serán para mí menos molestos que tu canto.

Y murió.

Poetas (o lo que seáis), no penséis que esas palabras iban dirigidas exclusivamente a Nerón. Daos por aludidos. No hagáis de la muerte de Petronio un grito en el desierto y por favor, dejad de escribir.

Poetastros, poetuchos, poetoides, poeteznos, poetuelos, poetajos, poetatos y poetorros, leed a Coelho, violad a las niñas, desahuciad a vuestros vecinos, besad a los antidisturbios, robadles la manta a los refugiados, abonaos a los toros, cometed las más atroces barbaridades que seáis capaces de imaginar, pero dejad, parad ya de escribir poemas.

Que vuestra alma dormida recuerde que el juego de escribir versos (que no es un juego) cuando no da vida, mata. Podéis escribir los versos más tristes esta misma noche, pero después, os lo ruego, sometedlos al silencio de la selva umbrosa y enterradlos allí, donde habite definitivamente el olvido.

Pido a Dios que no vuelva nunca más a atormentarme el dolor de vuestros oscuros golondrinos y que en el hoy y el mañana (ayer se fue), con pocos, pero doctos libros juntos, pueda levantar a los poetas (a los verdaderos poetas) una renovada torre de Dios, a partir de las ruinas de mi inteligencia.

Y en cuanto a vosotros…, amontonadores de versos, estupradores de las musas, abanderados de lo inane y lo manido…, os condeno a mil años de observar el ojo de Polifemo (como castigo por las largas horas de habernos hecho escuchar el vuestro ciego) en el fondo más remoto de su gruta, de rodillas, absortos y (sobre todo) mudos.

Hay que insistir en que Petronio, antes de morir, no se hizo rodear de filósofos, sino de poetas. Sabía que solamente los versos bien compuestos podrían darle una respuesta convincente al vacío existencial.

No olvidemos que la poesía desvela las conexiones misteriosas que unen al hombre con el mundo y que nosotros, los que no somos poetas, somos incapaces de advertir. La poesía es el lenguaje que emplea Dios (llamémoslo así) para comunicarse con nosotros, pero sólo unos pocos hombres conocen ese idioma y le saben responder: los poetas, obviamente.

Si no sabes sentar a la palabra en la mesa de operaciones y separar su significado terrenal de su significado divino, no eres un poeta.

Y si no lo eres, mejor no lo intentes. Mejor, de hecho, cállate. Y, en el mejor de los casos, sigue escribiendo novelitas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Todo lo que es real tiene sombra

 

J. R. R. Tolkien fue uno de los primero autores que se atrevió a poner una vela en el altar del alma humana, pero no para adorarla (¿qué tipo de escritor habría sido?), sino para iluminarla. El señor de los anillos intenta hacernos entender algo que, bien pensado, ya deberíamos saber de sobra: Que todo lo que es real (y el hombre lo es) tiene sombra. 

En la geografía interior de nosotros mismos existen horizontes en llamas, terremotos devastadores y pantanos de aguas movedizas. Resuenan en nuestro corazón (y seguirán resonando toda la vida) los negros tambores de Mordor. Y algunas tardes, cuando el sol nos da la espalda, oímos la voz se Sauron (templada, convencedora) recordándonos otra cosa que también sabemos desde que tenemos uso de razón: Que basta cruzar su puente levadizo para tener, a nuestro servicio, a ese babeante ejército de orcos que arrancará de cuajo cualquier árbol (u hombre) que se interponga en nuestro camino. ¿Merece la pena?

La guerra de las galaxias ahonda en este mismo tema y construye la metáfora del hombre que se dejó convencer por el perverso canto de las sirenas. Todos los amantes del cine tendremos para siempre en la memoria al personaje de Darth Vader, el poder envuelto en un exoesqueleto de cucaracha, la anatomía deforme, las cuerdas vocales que suenan como desde el fondo del barro, porque optar por el camino más fácil no solo te envenena el alma, sino que también te corrompe la carne. 

Harry Potter, si su escritora hubiera entendido el alcance de lo que estaba escribiendo, habría podido convertirse en el primer héroe del siglo XXI. 

Harry sabe que puede poner el mundo entero bajo el dominio de su varita mágica, pero prefiere caminar por el terreno firme de la amistad que volar entre los cambiantes vientos del poder. Esta decisión, en su caso, es aún más difícil: No olvidemos que la cicatriz de su frente nos indica que él mismo lleva el mal dentro de sí. La lógica literaria nos va diciendo, página a página, que el hombre que está tocado por el mal solamente podrá vencerlo si se sacrifica a sí mismo. Ésta es la diferencia entre el héroe y el resto de los mortales. El héroe no dudaría en dar su propia vida a cambio de salvar las nuestras. La escritora, sin embargo, traicionó todo lo que había construido y (mediante una triquiñuela de escritor aficionado) dejó vivo a Harry Potter y lo que es peor, lo recuperó dieciséis años después, convertido en un padre de familia con gafas, barriga y jerséi de pico.

Escribo todo esto para que no olvidemos que Mordor, el Lado Oscuro de la Fuerza y Voldemort no son patrimonio de la Literatura ni del Cine ni de cualquier género de ficción. La manifestación del mal camina a nuestro lado y si giramos la cabeza la podemos ver y si estiramos la mano la podemos tocar y a veces (y esto es lo malo) ella gira la cabeza y nos ve, ella gira la cabeza y nos toca.

 Os pondré un ejemplo:<