1 de febrero, Día de Todos los Galgos
Hace poco tiempo, empujado por el aburrimiento, jugué conmigo mismo a descubrir mi primer gran recuerdo de la infancia, es decir, esa imagen que no vuelve a la memoria como una caricia, sino como un latigazo.
¿Lo descubriste?
Sí.
Sucedió en los primeros años de mi infancia. Mis padres habían alquilado una casa en un pueblo de Guadalajara y yo, en uno de mis paseos diarios, que no pretendían satisfacer una necesidad de campo y de aire puro, sino de alejamiento de los demás, encontré una encina enorme, de cuyas ramas se columpiaban, movidos por el viento de la tarde, cinco galgos ahorcados.
¿Por quién?
Eso no importa.
¿Por qué?
No hizo nada ilegal.
Recuerdo la expresión de aquellos perros muertos. Sus ojos sin luz no mostraban miedo ni dolor, sino incomprensión, acaso la misma que me atravesaba a mí, incapaz de entender las violencias y las contradicciones del mundo de los adultos.
¿Ya lo has comprendido?
Sí.
La historia de la Humanidad tiene las suficientes páginas escritas para que hayamos entendido que los poderosos jamás van a coincidir con los mejores y que la gran balanza del mundo siempre se va a inclinar del lado del mal. Lo que pasa es que luego nos enteramos de que Barbacid, el científico español, uno de los más certeros francotiradores del cáncer, está a un paso de curarlo en el páncreas (el más letal entre los letales) y entonces tenemos la sensación de que la balanza de la Humanidad vuelve a equilibrarse.
Pero no.
No.
¿Qué no serán capaces de hacer aquellas personas que son capaces de matar a un perro? ¿Qué traición puede ser más aberrante, más obscena y más vil, que la traición de asesinar a la persona que te ha amado sin condición todos y cada uno de los días de su vida?
¿Los perros son personas?
Claro.
El perro sabe lo que es el amor y el apego, el duelo y la melancolía, el contagio emocional y los celos, la alegría y el sentido del juego. El perro demuestra autoconciencia, memoria del pasado y expectativas del futuro. Al perro no se le conoce rencor ni odio, discriminación ni desprecio, envidia ni remordimiento moral, vanidad ni orgullo ni ninguna emoción secundaria destructiva.
¿Se ríe?
No.
El perro no se ríe porque la risa engendra burlas, ironías y sarcasmos. El perro, si se ríe, no se ríe con la boca, de donde salen tantas falsedades, sino con el cuerpo entero, desde los ojos encendidos hasta la cola alborotada. El perro no necesita reírse para demostrar que está feliz: le basta jadear suavemente y apoyar la cabeza en tu regazo. El perro no se ríe, simplemente, porque es transparente.
Tampoco habla.
No. Y no voy a explicar, a estas alturas, el daño que se puede hacer con la palabra.
Descuella, entre todas las razas, el galgo. Oí que uno de los nombres que más se ponen a los galgos adoptados es Zen. No me extraña: el galgo es un ser introspectivo que contempla el mundo desde un plano superior.
¿Puedes ser más explícito?
Sí.
El galgo posee una elegancia emocional estoica. Jamás saltará encima de ti, por muy emocionado que se encuentre. Mantendrá su dignidad silenciosa y se quedará quieto a tu lado, bien pegado a ti, mirándote con esos ojos que llegan hasta los posos del alma.
¿Necesita correr?
No.
El galgo, si necesita algo, es armonía. El galgo absorbe la energía del entorno y las emociones de su manada. No es raro que el galgo, de repente, empiece a padecer los mismos trastornos de salud que su dueño.
¿Algo más?
Mucho más.
El galgo es depositario de toda la sabiduría universal y es por eso que ha encontrado la mejor manera de enfrentarse al mundo: dormir diecisiete horas al día y apartarse de la gente que no conoce, especialmente de los varones. El galgo, si nació tan veloz, no es, obviamente, para cazar liebres, sino para alejarse lo más rápido y lo más lejos posible de lo que no le gusta.
¿Tiene algún defecto?
No.
El galgo es el mejor compañero del ser humano. Prueba de esto es que, si tienes un mal día, puedes apalearlo salvajemente. Y si se te va la mano y lo matas, no pasa nada. La ley te ampara.
¿Y si es un perro de guarda?
También.
¿Y si es un perro de trabajo?
También.
Nadie entiende cómo es posible que Pedro Sánchez, durante unas semanas, recibiera el alto honor de ser llamado Perro Sánchez.
¿Has terminado?
Casi.
Es descorazonador que tengamos que salir a la calle a manifestarnos.
Con todo lo que está lloviendo, además.
Llueve sobre los perros ahorcados por sus dueños y sobre los perros fusilados, también por sus dueños. Llueve sobre el mapa de cicatrices del cuerpo de los galgos y sobre sus cabezas erguidas y solemnes, aunque duramente traumatizadas. Llueve sobre el tejado pobre de los cheniles y sobre el barro de los refugios donde no cabe uno más. Llueve contra el cristal de mi ventana, mientras escribo este texto y veo a Uma, mi galga, también llamada Jana, hecha una rosca en su cama de espuma. Enseguida iré al sofá y ella vendrá a mi lado. Se pegará a mí fuertemente, tan fuerte que parecerá que me está empujando. Le pondré una mano en la tripa y ya se podrán apagar todas las calefacciones del mundo y ya podrá bajar la temperatura veinte grados en Europa. El calor que emite el galgo, que transfunde a tu cuerpo en cuanto lo tocas, es como el aliento de la madre tierra, poderoso, regenerador.
Los siguen matando.
Sí.