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Litera Krumlov

A veces no nos damos cuenta de la verdadera magnitud de las personas que tenemos delante.

A veces nos tomamos una cerveza con un amigo y no reparamos en que ese amigo nuestro es un gigante y que sus huellas se quedarán grabadas en la tierra hasta mucho después de que haya dejado de caminar.

A Jorge Zúñiga Pavlov tengo muchas cosas que agradecerle, pero ahora quiero hablar de una cosa que tenemos que agradecerle todos: Litera Krumlov.

Litera Krumlov es la casa del escritor. En Litera Krumlov tienes que escribir la palabra literatura en el móvil si quieres conectarte al mundo. El escritor, en Litera Krumlov, tiene una cama, una terraza con vistas al río y un menú de pan casero y truchas recién pescadas.

A Litera Krumlov van los autores a leer y los lectores a escuchar. Es un oasis de cultura (quiero pensar que también de amistad) en medio de este desierto de banalidad y de odio.

Los escritores estampan su firma en las paredes de Litera Krumlov. Por ahí anda también la mía. Ya digo que tengo muchas cosas que agradecer a Jorge.


Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado, de Juan Ramón Biedma

 

La literatura de un país se construye con novelas como ésta y con autores como él.

A Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado hay que volver una y otra vez. Hay que pararse a pensar en su estructura (ese mecanismo de relojería); en el concienzudo trabajo de documentación; en el talento de mezclar la realidad con la fábula, de tal manera que, a veces, lo que creemos ficticio es real y lo que creemos histórico es fruto de la invención del autor; en personajes como Holmes, Watson o Moriarty, recreados tal y como los concibió Doyle, añadiéndoles, además, esa otra dimensión de sus almas, ese terreno movedizo que el escritor británico, en su momento, prefirió dejar en penumbra.

Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado es una novela que merecería ganar todos los premios que desgraciadamente no le van a dar, tanto los que no valen para nada como los otros, los importantes: la atención masiva de los lectores y la admiración y el aplauso de nosotros, los escritores.

Dicen que la puerta grande de la literatura se abre con las llaves del talento y de la justica. Juan Ramón Biedma, de la primera, tiene un juego completo. La segunda, a lo mejor, deberíamos dársela nosotros.



La miseria de la calle, de Paco Gómez Escribano

La literatura siempre ha metido las narices en las cloacas de la sociedad y en las pocilgas de la condición humana. A la literatura (parece ser) le gusta lo que apesta. Por eso nunca ha dejado de extrañarme que haya tan pocos textos que se refieran al fenómeno de la heroína, concretamente al auge que experimentó su consumo en los años 80 y 90. No me refiero (por supuesto) a novelas de traficantes, no me refiero a las historias de los que se enriquecen con el caballo, me refiero a los yonquis, a su descenso a los infiernos.


Hace falta aclarar algunos puntos: Un yonqui no es un quinqui (los quinquis eran vendedores de quincalla, hombres itinerantes cuyo estilo de vida estaba más cerca del de los gitanos que del de los drogadictos). Una novela de yonquis es la que intenta analizar el hecho de que los jóvenes abandonaran la fuerza de la amistad y la fuerza que otorga la pertenencia a un grupo, para dedicar todos sus esfuerzos a robarle la pensión a la abuela. Una novela de yonquis es la que explica lo que hizo la heroína con toda una sociedad. Lo que hizo con el ser humano, física y emocionalmente. Es la crónica de un descalabro, de un derrumbamiento.


Existe un relato breve que refleja todo esto de una manera (desde mi punto de vista) magistral. Se titula La miseria de la calle, y su autor es Paco Gómez Escribano. El relato está incluido en la Antología de relatos negros, que publicó la revista Fiat Lux a través de la editorial Alrevés.


Lo recomiendo porque lo empecé a leer y (al mismo tiempo) empecé a ver. Vi (en mi caso) el barrio de Carabanchel en los años 90. Me acordé de los bares cochambrosos y de su clientela desvalida, atravesada por la espada de la droga, del alcohol, del paro, de los años en la cárcel, de (como dice el título) la miseria. Y ahí está (con una potencia aplastante) el lenguaje de la calle, la palabra marginal y viva (tanto de los personajes como del narrador), la expresión desgarrada, a veces dolorosa, y el mote que resume toda una vida.


Algún día, cuando Cátedra quiera publicar una antología del relato negro y social, más allá de florituras de detectives alcohólicos y rubias gilipollas, deberá incluir La miseria de la calle. Un dardo que da en el centro de la diana.



 

Revista Fiat Lux

La novela negra tiene la suerte de contar con un soporte muy potente en la prensa escrita, y eso es la revista Fiat Lux.

Los amantes de narración negro-criminal empezamos a ser multitud y estaríamos cojos, mancos y tuertos si no nos asomáramos, cada tres meses, a las páginas de esta publicación, donde encontraremos, sencillamente, de todo y todo bueno (y negro).

No tiene ningún sentido que los ejemplares de Fiat Lux duerman más de una hora en los montones de papeles de los kioscos. La lógica dice que hay que hacer cola y quitárselos a los vendedores de las manos. De lo contrario, que nadie se llame amante de la novela negra.

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